jueves, 5 de septiembre de 2013

¿Quien es esa extraña que vive debajo de mi piel?

En realidad hoy es el Día internacional de la Mujer Indigena, reconozco nuestra deuda con ellas y buscaba en mis archivos algun material que nos pudiera ser útil para reflexionar. Me encontré este texto que presenté hace más de una docena de años en un "Día de la mujer".  Si bien con la distancia observo que la mujer, en ciertas clases, se ha liberado más del control culpa de su sexualidad... ahora es esclava de la mercadoctenia que le impone estandares de belleza muchas veces ajenos a sus latitudes geográficas. Si nos escandaliza la mutilación que las mujeres chinas hacían con sus pies... ¿cómo se le puede llamar a calzarse en la talla 0 y subirse a unos andamios de tacones durante horas... para darle gusto a... ¿alguien lo sabe? Mientras no sepamos quien es esa extrañaba que vive debajo de nuestra piel, nos pasaremos la vida queriendo darle gusto a los demás.



¿QUIÉN ES ESA EXTRAÑA QUE VIVE DEBAJO DE MI PIEL?

                                 CONFERENCIA CON MOTIVO DEL DIA DE LA MUJER

                                           INSTITUTO MEXICANO DEL PETROLEO


                                                                                                        Margarita Robleda Moguel

8 de marzo del 2000
¿Quién es esa extraña
que vive debajo de mi piel?
¿Qué quiere?
¿Qué sueña?
¿Qué espera?
¿Quién es?

No es ni mi abuela,
ni mi madre,
ni mi hermana…
tampoco es la esposa de…
no soy la hija,
la mamá,
la tía,
la patrona,
Sin embargo…
a pesar de no tenerlo muy claro,
ante algunos de ellos,
de todo soy la culpable.

¿Quién es esa extraña
que vive debajo de mi piel?
¿Quién es?

Me veo en el espejo
y no me reconozco.
No soy esa
que todos dicen que soy.
Pues si así fuera,
¿dónde acomodo mis dudas,
mis miedos, mis preguntas;
en donde manifiesto mis logros,
mis sueños,
mis deseos, mis retos y mis fantasías…?
¿dónde puedo ser simplemente… yo?

¿Quién es esa extraña que vive
debajo de mi piel?
Puede alguien decirme…
Creo que he llegado a la edad
en la que me gustaría
comenzar a descubrir,
intentar investigar,
arriesgarme a ser;
estoy dispuesta a correr el riesgo
a equivocarme si es necesario,
con tal de saber
que algún día
por primera vez,
me atreví a preguntar,
a sentir,  
a ser yo,
Me descubrirme viva…
con todas sus consecuencias.


Dicen los estudiosos que la historia cambió su curso cuando el hombre logró atrapar el fuego; pero yo estoy segura de que fue un ella la que lo hizo por su deseo de mantener la cueva calientita para sus cachorros;  y estoy segura de que fue un ella la que coció las primeras vasijas para tener agua siempre y cerca, en vez de  ir a beberla directamente al arroyo; y estoy convencida de que fue un ella la que al ver que el hombre se dilataba en regresar de su cacería tras los mamuts y habiendo hambre en la familia, en su desesperación,  se le ocurrió moler esas semillas que crecían silvestres en la entrada y mezclado ese polvo con unas gotas de agua, sobre   una piedra caliente, surgió el primer pan nuestro  de cada día.
Con el paso de los siglos la mujer fue conociendo mejor las plantas y descubrió sus posibilidades curativas y alimenticias. Fue madre y partera, hija y esposa. Acunó en los brazos a sus pequeños dejando fluir la ternura maternal a través de arrullos, precursores de las canciones de cuna. Para entretener a sus hijos inventó  rondas, rimas y juegos; enseñó a sus herederos  lo que había aprendido en las rutinas diarias por la sobrevivencia: a coser las pieles, a cocinar los trofeos de las cacerías, a seleccionar las plantas y raíces, a descubrir sus cualidades; a curar, a construir, a armar los espacios para ofrecer comodidad, y llegado el momento del traslado a otras zonas, el cómo se elabora un equipaje ligero, algo que lleve mucho y que se pueda cargar con cierta facilidad.
El mantener la mesa puesta y el lecho con flores, el contar las estrellas, el cantarle a la vida y a la luna, el pintar con la sabia de las plantas y el jugo de las frutas escenas de la vida diaria en las paredes de las cuevas, fue parte de su rutina... los años fueron pasando y después... ¡la oscuridad de los siglos! ¿Qué sucedió? ¿Fuimos nosotras las que nos escondimos? ¿Fue el hombre el que tuvo miedo del poder de la mujer?
Hay estudiosos que dicen que el varón temía ser devorado por su compañera. Ellas tenían el secreto de la concepción, el conocimiento de las plantas y soportaban estoicas el dolor del parto. Otros piensan que el hombre celoso por ese conocimiento, después de obtenerlo, se inventó una universidad a la que ella no tuvo acceso, se dio a sí mismo el título de médico y a ella la mandó  quemar a la hoguera por bruja.
El título del libro “Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus” nos sugiere que existen diferencias que confirmo diariamente en la vida; mientras que en la primera cita de la pareja, la mujer vuela en la mente, desde su matrimonio y luna de miel, hasta llegar a la primera comunión de sus nietecitos, el hombre, únicamente aspira a llegar con ella... a la cama lo más pronto posible.
Intentando ponerme en las botas de piel de ese hombre prehistórico, veo a un ser humano con gran fuerza física que vive en constante lucha para enfrentar el medio ambiente; que descubre que aprovechado la dureza de las piedras puede utilizarlas como armas para alejar a los enemigos que rondan la cueva y cómo con el paso del tiempo,  la imaginación,  la creatividad y el hambre, lo impulsan a probar amarrar la piedra a un palo, para  construir un arma más eficaz, que con los años va puliendo en  sus orillas hasta convertirla en un afilado instrumento de muerte que, ahora, no solo ahuyenta a los enemigos sino que le permite enfrentar al otro, al igual; salir al encuentro de piezas más codiciadas y planear una logística de ataque.
De entrada, la historia nos muestra a la mujer dando a luz, preservando la vida y al hombre haciéndose de instrumentos de poder y de muerte. ¿Cuando surge la competencia por el bastón de mando? ¿La lucha entre los más fuertes por el liderazgo del grupo? guerra que se extiende entre nosotros hasta el día de hoy.  ¿cuando se perdió la ternura? ¿Era demasiado rudo el entorno y la sobrevivencia para haberla tenido alguna vez? ¿Habría podido ser la historia diferente?
Como escritora dedicada a producir material para niños, los cuentos tradicionales han sido mi fuente de inspiración y acicate. El horror que me produce que sigamos leyendo a nuestros niños semejantes monstruos, me lanzó a proponer nuevos esquemas y, en los últimos tiempos, a jugar con las historias para aportar mis versiones. ¿Qué tanto daño nos han hecho esos roles aprendidos desde niños? ¿Qué tanto éstos son los culpables de lo que ahora estamos entendiendo como “género”? ¿Qué tanto les permitimos que continúen presentes en nuestra vida diaria?
De entrada, la belleza física en los cuentos es de tipo europeo: “rubios cabellos que caen como cascadas sobre los hombros, ojos azules como lagos serenos... hombres apuestos, varoniles y valientes que nada temen, nunca dudan y jamás se equivocan”. ¿Y si tengo la piel canela y los ojos de capulín? ¿Y si no soy ni fornido ni apuesto; dudo y me equivoco; ¿y si no soy capaz de enfrentar dragones ni ejecutar hazañas que me permitan aspirar a conseguir la mano de la princesa...? que por cierto... ¿cómo se sentirá la muchacha “vestida de carnada” para pescar a un sujeto que, motivado por su belleza, ejecute una acción extraordinaria? ¿Por qué será que los reyes siempre ofrecen la mano de sus hijas?
En una versión propia  del “Sastrecillo valiente”, cuando el muchacho logra vencer al gigante y el rey intenta entregar a una princesa con cara de mal humor, producto del sentirse usada por la ambición paternal o como se diría en lenguaje monárquico, en bien del reino, el sastrecillo le dice al monarca: “disculpe su majestad, pero considero que la princesa es mucho más valiosa que un simple trofeo de cacería. Yo quisiera, si me lo permite, invitarla a tomar un helado para que nos vayamos tratando”. Semejante discurso, arranca de la joven un suspiro de alivio, ¡el muchacho no era un caza gigantes machorro! sino alguien sensible y preocupado en conocer sus sentimientos, por lo que inmediatamente responde: “¿Te parece bien el domingo”.
A las mujeres nos dijeron que llegaría un príncipe azul a salvarnos, y nos casamos con quién se pudo. A los hombres, que conquistarían a una princesita y nada, la vieja ronca. Esto ha hecho que exista  un sentimiento profundo de que alguien nos engañó y la experiencia en los distintos foros me permite entrever, que este sentimiento no es exclusivo de ninguna de las clases sociales: sino general.
Alguien nos engañó. Nos dijeron que vendrían a salvarnos y nos quedamos pasivos esperando. Por ejemplo: no entiendo por qué Cenicienta, ante el abuso de su madrastra y hermanastras no tomó una actitud más activa; si quería ser sirvienta, ¿por qué no se fue a realizar dicha actividad en la casa de a lado donde siquiera recibiría un salario? ¿Qué tanto nosotros, como país, estamos esperando se salvados por el otro: el presidente, la inversión extranjera, el banco mundial; tan siquiera por un “Melate”? La actitud pasiva de Cenicienta es solo una parte. También existe otro personaje que nos mantiene pasivos y dependientes de la ayuda, de la salvación  externa: el hada madrina. Cuando las cosas se ponen más terribles, aparece este mágico personaje y arregla todo el desorden, soluciona el conflicto, y pone las cosas en su lugar. ¿Y qué tal de apabullante puede ser la sentencia de: “Y vivieron  siempre felices”? Por un lado, podría  llenarnos de esperanza dicha posibilidad, pero también de ilusiones vanas al pensar que la felicidad llega mágicamente.
En los cuentos nada se dice de las arrugas y la rutina;  nadie habla de construir la dicha día con día, de echarle ganas; de perdonar una y otra vez o setenta veces siete como dice el libro sabio. Nos hacen pasivos a hombres y mujeres al pensar que ese sentimiento viene incluido en el pastel de bodas y que el ver televisión juntos, nos permitirá tener algo de qué platicar.
Pero hay mujeres que rompen el esquema de ser simplemente una “barbie” y se atreven a salir a descubrir su identidad transgrediendo, eso de “ ser únicamente para los otros” y nunca, “ser para sí”, que  Simone de Beauvoir  explicó tan acertadamente en su libro “El segundo sexo”.
Esta mujer tiene que estar muy agradecida con su marido porque le dio permiso de trabajar: “mientras no descuides la casa, mi amor,  tus obligaciones y me des mi lugar... puedes hacerlo; mi reina”.  La aportación a la economía doméstica “es lo de menos”. Ella quería realizarse ¿no? Pues adelante. Su jornada diaria ya no es de únicamente de tres turnos, como cuando “no trabajaba”, que en el lenguaje domestico se traduce como: “cuando no recibía salario por hacerlos”; ahora, después de que en el trabajo tiene que esforzarse cinco veces más que los hombres para estar constantemente probando ante   los jefes y sobre todo ante ella misma, que es inteligente, eficiente y eficaz; que tiene que salir ilesa de las agresiones y zancadillas que pueden provocar el miedo de sus compañeros varones ante el peligro de perder el puesto, y estar  confirmando constantemente ante las mujeres que la rodean de  que no alcanzó el trabajo por medio de unas sábanas... ¡uf! ¡Resulta verdaderamente agotador! Descubre que eso es solo el principio. Ella quería liberación ¿no? ¡Órale! El que salga a trabajar no le quita que la casa sea su responsabilidad. ¿Qué no? El cambio de los zapatos de tacón de funcionaria,  por las chanclas, dan inicio al segundo turno. El marido llega cansado del trabajo ¡pobre! así que cómodamente se sienta a ver televisión. Ella, después de revisar tareas, preparar la cena, lavada de dientes y dar el besito de las buenas noches a los hijos, llega al tercer turno, en el que nuevamente hay cambio de vestuario por algo más sugerente, ya que el señor, descansado, espera encontrar un poco de relax a las tensiones del día y la mujer debe de estar glamorosa para no ser cambiada por una vieja menos fodonga. El cuarto turno se da a veces, no siempre,  cuando un sonido extraño surge  del cuarto de los niños y despierta al marido, quién invariablemente se voltea y dice: “Vieja, vieja, ahí tose tu hijo”.
Cuatro turnos y un estigma impreso en la frente ganado a pulso: la mujer es la culpable de todo.
El género en la vida diaria se lee de muchas maneras. A las niñas no nos dejan jugar con carritos y terminamos siendo choferes; a los niños les prohíben jugar a la casita y a las muñecas. Desde pequeños, mamá y papá,  les enseñan,  que jugar a “la casita” es actividad menor, corren el riesgo de volverse mandilones; que jugar con muñecas, es cosa de niñas, de nanas; claro que luego crecen, son papás, y no saben manifestar la ternura.
A la mujer se le permite llorar sus penas en el hombro de una amiga. El hombre se tiene que poner “hasta atrás” para que dando un fuerte golpe en la espalda del sujeto de su afecto, diga: “Compadre del alma, se le aprecia, compadre”.  Porque si lo dice en frío, en seco, podría ser considerado “poco adecuado”; ser tomado como una invitación... “peligrosa”.
A los niños no les permitimos llorar; es más, queda muy claro que si llora es “mariquita sin calzones, se los quita y se los pone”. A la niñas se les enseña a parecer tontas... “A los hombres no les gustan las mujeres inteligentes -nos dicen las abuelas-, dile a tu marido siempre que sí... y luego has lo que quieras; después de “aquellito”, puedes pedirle todo”.
Curiosamente, tanto a hombres como a mujeres, nos controlan la expresión de los sentimientos: a los amigos, les podemos manifestar nuestro afecto el 14 de febrero, el 10 de mayo es el altar máximo de la mamacita; patrióticos, solo el 16 de septiembre; nostálgicos, el 24 de diciembre, desmadrosos en carnaval.
Apenas comenzamos a llorar nos calman, generalmente con un dulce, por lo que más tarde aprendemos a asociar la comida con calmar el dolor y la ansiedad. Si estamos alegres y elevamos el tono de nuestra voz, nos tranquilizan con un ¿qué te pasa? ¿qué tomaste? Es así como aprendemos a llorar únicamente en los velorios, a reír y cantar en las fiestas y para sentirse parte del clan, todos muy juntitos, gritar en un estadio: ¡gooooool!
Terminamos los adultos amarrados como las estatuas de marfil: sin una mano, sin la otra; neuróticos públicos, serios y aburridos; cuerdos amarrados a mil cuerdas; insatisfechos y  aterrados por “el que dirán...” todo lo anterior como símbolo de nuestra madurez.
¿Es eso lo que queremos? ¿Es esto a lo único que podemos aspirar? ¿Es éste el camino que nos lleva a la felicidad, objetivo y meta de todo ser humano?
Es muy poético pensar en la mujer como la guardiana de las rimas, de las canciones, las leyendas y delicias culinarias, de los remedios caseros y los consejos de las abuelas... si es así, ¿por qué estamos permitiendo que nuestra memoria se diluya? O sea que a final de cuentas, vendemos nuestra herencia por un plato de lentejas; la realidad es que como custodias de la cultura hemos perdido el rumbo, en lugar de conservar y promover algo bueno que nos beneficia a todos,  como es el conocimiento y orgullo de nuestras raíces, preservamos algo que durante siglos nos ha lastimado tanto a los hombres como a las mujeres: “El machismo”. ¿Qué tanto somos nosotras las que seguimos dañándonos al educar a los varones de una manera diferente que a las niñas? “Anda, atiende a tu hermano”. Los hacemos frágiles al no aprender a atenderse a ellos mismos; los hacemos golpeadores  al no permitirles expresar sus sentimientos; los hacemos egoístas al hacerlos sentirse reyes,  que todo se merecen; los hacemos unos pobres diablos que no saben manejar sus frustraciones y fracasos... y después, cuando entre lágrimas y silencios sufrimos abnegadamente las consecuencias, como se espera de una buena mujer, apuntamos con cuidado, sin omitir ninguno, todos los detalles en el libro de los rencores, y llegado  el momento cuando el hombre está de bajada, pasamos la factura a él, a nuestros hijos y a todos los que nos rodean. Como que no se vale ¿no? ni por ellos, ni por nosotras mismas. ¿Quien ganó? Todos salimos perdiendo.
Frente a la realidad de que no nos estamos entendiendo, de que no somos felices, tenemos que replantearnos todo: la vida y la cultura, las reglas del juego. Al hombre tendríamos que enseñarle a atenderse a sí mismo, a expresar sus sentimientos y a compartir; a ellas, a darles alas y sueños, que ejerciten más su cerebro y que tengan los medios para ganarse el pan; de esa manera ninguno de los dos  tendrán que casarse, sino que, en caso de hacerlo, lo harán con toda conciencia, libertad y deseo de compromiso,  en igualdad de condiciones. ¡habrán elegido un complice!
Reconozcamos que somos seres humanos que merecemos respeto y por lo tanto en igualdad de condiciones, participemos en la construcción de un mundo más justo para todos, sin distinción de raza, género y clase social.
Atrevernos a preguntarnos esto, puede ser el inicio de todo.
Sí, el cambio requiere trabajo, dedicación, esfuerzo, estudio, disciplina, compromiso, pero ya lo hemos hecho antes y lo podemos volver a hacer. Que esa mujer del inicio de los tiempos, que tuvo el interés, la curiosidad, y la tenacidad de descubrir el fuego para mantener la cueva calientita para sus cachorros, siga en nosotras encendiendo el fuego que calienta esta inmensa cueva universal que es el Planeta Tierra; pero que comprenda que  la búsqueda del bienestar de la familia y el servicio comunitario,  no está reñido con el ejercicio de la inteligencia y del ser para sí; que tiene todo el derecho de responderse preguntas y desarrollar sus otros potenciales antes vedados a su género;  que ese hombre que, dispuesto a morir si era preciso,  ideó la forma de proteger a su familia de los peligros del exterior, se atreva a enfrentar los peligros del interior que hoy en día lo asechan: la devaluación de si mismo, la apatía, indiferencia, inmovilidad... insatisfacción y el miedo; que recupere el derecho de conocer y manifestar sus sentimientos tanto del  clamar por la justicia como la de bucear y extraer del fondo de su corazón la ternura para compartirla, a sabiendas que esta manifestación no lo mina en su hombría sino lo fortalece en su esencia de ser humano;  que  recuperemos el deseo de reencontrarnos a pesar de las aparentes dificultades y diferencias, y que ese deseo nos impulse a buscar los medios, las formas, los canales e instrumentos de comunicación para ponernos de acuerdo sobre la manera de inventar juntos este milenio nuevo, el día hoy.
¿Cómo queremos que sea nuestra vida? ¿Qué esperamos uno del otro? ¿Qué tenemos que hacer para encontrarnos a la mitad del camino?
Esto me recuerda a una mujer que me contrató para cerrar su convención y me pidió expresamente dijera la poesía con la que comencé y que se encuentra en un libro que aún no he publicado titulado: “Acompañando la espera”. A punto de iniciar, vi que la mitad de auditorio eran hombres, así que comencé diciendo: “Hija mía, hijo mío... te regalo la palabra”. Más tarde, la mujer me reclamó diciendo: ¿Por qué dijiste hijo mío si el poema dice hija mía? Porque el hijo mío -respondí- no tiene la palabra y mientras no la tenga, no nos vamos a entender.
Así pues, como cierre de esta intervención, tanto a hombres como a las mujeres, quisiera regalarles la palabra. La palabra nos libera, nos comunica, nos enlaza, nos purifica, nos sacude y acaricia; la palabra nos hace hombres y mujeres, nos diferencia de los animales. La palabra y sólo ella nos permitirá encontrarnos a la mitad del camino cuando cada uno de nosotros tengamos la libertad y  el valor de contar nuestra  parte de la historia.
Hija mía, hijo mío:
te regalo la palabra.
Que tu sí,
sea así,
si tu lo quieres;
que tu no,
sea no,
por tú decisión.
Que tu quiero,
sea !quiero¡
y no por favor...
que tu no quiero
sea  !no quiero¡
y no tengas por ello
que pedir perdón.

Hija mía, hijo mío:
te regalo la palabra,
nos ha costado sangre
conseguirla
y se que tus abuelos,
sus padres
y toda nuestra dinastía,
por tenerla,
han dado la vida.

Hay quién dice que el culpable de todos nuestro males, es el matriarcado que reinó durante el paleolítico; otros autores aseguran que fue el patriarcado el que en su deseo de mantener la propiedad privada, de generación en generación, y la seguridad sobre la legitimidad de los herederos, inventó el matrimonio y a la mujer la educó para que encontrara únicamente su realización siendo madre; la llenó de hijos y de miedos y la encerró en su casa protegida de las tentaciones del mundo.
No se trata de buscar culpables, francamente, ya son bastantes las culpas que cargamos sobre nuestros hombros con mucho dolor y sin sentido.  La verdad es que, tanto las mujeres como los hombres, nos sentimos solos y cuando hemos logrado entendernos, la pasamos muy, pero muy bien juntos.  Así que, por qué no en vez de echarnos, como siempre, la culpa unos a los otros, nos atrevemos a encontrar juntos las respuestas a las preguntas universales que son: ¿Quién soy? ¿A dónde voy?, ¿Quiénes somos?, ¿A donde vamos? ¿Es este el camino que nos lleva a la felicidad? ¿Vamos juntos o cada quién por su lado? ¿Será que algún día nos podamos encontrar a la mitad del camino?
Sin otro objetivo más que el que algún día nos logremos comunicar, entender...  continúo con estas reflexiones para intentar comprender el tema que nos pidieron desarrollar: mística familiar.
¿De donde viene nuestra información? ¿Quién decide qué tipo de educación conviene a la población? ¿A quiénes les benefician los grupos de fanáticos como los Hooligans futboleros? 
Se dice que la formación la mamamos. ¿De que fuente? La ventaja de ser juglar de los caminos, es que uno anda de aquí para allá, ve esto y aquello, reflexiona, medita; comparte con otros que como ella se atreven a preguntar; el poeta es voz de los sentimientos de los pueblos y puede acertar o equivocarse, pero sabe que el errar permite descubrir que por ahí no era el camino.  Continuamos pues.
El Excelentísimo e ilustrísimo D. Antonio Cloret en su libro “Camino recto y seguro para llegar al cielo”, publicado en Barcelona en 1887 y cuyo ejemplar fue regalado a su hija por  don Anselmo Duarte, mi tatarabuelo,  en Mérida Yucatán el 24 de Noviembre de 1889, sigue haciendo eco y ruido en algún cajón de nuestra memoria genética; por lo menos marcó a mis tres generaciones predecesoras: la bisabuela, la abuela y a mi madre, que gracias a la libertad interior de mi padre y con mucho esfuerzo, no salió tan maltrecha, a pesar de haber sido programada para continuar la cadena de dolor de vivir en este “valle de lágrimas”.
En el capitulo: “Obligación de varios estados”, quisiera mencionar algunas obligaciones de los maridos y las  esposas que me llamaron poderosamente la atención, pero sobre todo me llenó de pena darme cuenta  de qué tipo de relación se lograba alcanzar con semejantes términos.
OBLIGACIÓN DE LOS MARIDOS:
Amar a la mujer como Jesucristo a la iglesia.
Dirigirla como a inferior
Tener cuidado de ella, como guarda que es de su persona.
Mantenerla con decencia.
Sufrirla con paciencia.
Asistirla con caridad.
Corregirla con benevolencia.

OBLIGACIONES DE LAS ESPOSAS:
Apreciar al marido.
Respetarle como a su cabeza.
Obediente como a superior.
Ayudarle con reverencia.
Contestarle con mansedumbre.
Callar cuando está enojado, y mientras dure el enfado.
Soportar con paciencia todos sus defectos.
Repeler toda familiaridad.

“Hay que sufrir para merecer”, decía mi abuela, pero yo... ¡francamente! si para llegar al cielo tengo que padecer este camino “recto y seguro”, prefiero quedarme con el de “La Bamba” que tiene una “escalera grande y otra chiquita y arriba y arriba...”

Ayer, se nos dijo: “Cómete eso, más vale que te haga daño a que se tire...”  Y francamente, ante a esa consigna tan apabullante y estúpida... hoy quiero  replantearme todo.
A los niños varones, hay que enseñarles desde chiquitos a atenderse a sí mismos, que ninguna de las tareas de la casa les sea desconocida, eso da libertad; hay que darles la oportunidad a ser capaces de expresar sus emociones y sentimientos, de asumir sus frustraciones, de aprender a estar solos y no depender de nadie. De ser así, cuando crezcan no tendrán que casarse para buscar quien los atienda, para tener a alguien a quien gritar o darle un golpe porque no saben decir: “tengo miedo”. Que no necesite de una mujer que a la siete de la noche salga “volando” de donde esté para  llegar a su casa antes que su marido, pues el “pobrecito” no sabe estar solo.
A las hijas hay que enseñarles a mantenerse, a tener la posibilidad de ser independientes económicamente;  a respetarse como personas, a expresar su desacuerdo y sus opiniones; a elegir y asumir las consecuencias, a ser responsables de sí mismas para que no  se “tengan” que casar, para que no “tengan” que buscar a alguien que las mantenga y vivir agradeciendo cada par de medias; o decir con pena  que ellas no trabajan, que sólo son amas de casa; administradoras del hogar, del corazón y ocupaciones múltiples, sin contar las nocturnas, claro,  que, ¿por qué no decirlo? Algunas veces son por gusto, otras con disgusto y la mayoría de las veces sin pena ni gloria porque realmente lo que ella quería era sentirse amada, reconocida, apreciada y cuando llega el momento de la ternura y la intimidad, el señor ronca profundamente a su lado. Que nuestras hijas no se tengan que casar para desligarse de la responsabilidad de ellas mismas y se busquen, para tener el resto de la vida, la excusa de que “no son felices porque su marido no les da permiso”.
Sí, que ni nuestras hijas, ni nuestros hijos se tengan que casar; que nadie se tenga que casar por obligación, por presión social, por rutina; porque eso es lo que toca; porque las abuelas decían: “M’ hijita, más vale pájaro en mano que ciento volando; mejor divorciada que soltera, por lo menos ya le demostraste a la gente que eres mujer”.
Qué decir de los muchachos solos. Si no está bien visto una “quedada”, un solterón es cosa terrible. “A ella, la pobre, no hubo quien le hiciera el favor”  Pero... ¿y a él?
No. Que nadie se tenga que casar, porque el matrimonio es una vocación, una elección y a nuestro alrededor existen demasiados contratos mercantiles de soledades compartidas S. A. de C. V. en números rojos.
Que nuestros niños que se casen, lo hagan porque descubrieron a un cómplice con quien compartir la vida para ser felices. Que llegado el momento, decidirán ellos y sólo ellos cómo va a funcionar su pareja; cómo se integrara su familia y entre los dos a partir de sus capacidades, como parte de su proyecto de vida, decidirán si van a ser padres o si no están capacitados para serlo; digan lo que digan los demás.
El objetivo de la vida es ser felices; con el paso de los años hemos descubierto que para serlo, hay que conocernos mejor, aprender a apreciarnos y a querernos a nosotros mismos; este conocimiento nos permitirá salir al encuentro de la necesidad del otro para participar en la transformación del mundo.
¿Quién es esa extraña que vive debajo de mi piel? La única manera de saberlo… es averiguarlo. Aprender a llamar a las cosas por su nombre, atreverse a hurgar e investigar; el miedo paraliza, pero no hay nada peor que imaginar lo que en realidad puede ser únicamente eso, imaginaciones truculentas.

Después, con toda la libertad del mundo tendríamos que ser capaces de sentarnos a escribir nuestro credo. En esto creo hoy, mañana será otro día, pero por lo pronto, debajo de mi piel, hoy existo yo.

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